Dice una buena amiga que la prostitución hay que legalizarla, que de ese modo se acabaría con la extorsión que infligen las mafias sobre miles de mujeres y que las prostitutas sólo desempeñarían su oficio por su propia voluntad. Apoyándose en aquello de que el individuo ha de apelar a su libertad y hacer uso de ella a la hora de dar forma a sus movimientos, cree que la prostitución es algo saludable, siempre y cuando las personas que tomen parte de ello lo estén haciendo de mutuo, triple o cuádruple acuerdo. Que eso de trasladar la culpa de nuestras acciones a la sociedad, a la educación o a la política no es más que un modo irresponsable de rehusar nuestras responsabilidades y que nos deja caer en una fosa estática de la que difícilmente se puede salir y en la que resulta verdaderamente sencillo regodearse mientras nos subimos a ese círculo de Ionesco, que al acariciar se torna vicioso.
Yo no sé en qué medida se considera libre el cómputo de lumis que pasean por la calle Montera, pero ayer paseaba por allí y, como tengo entendido que ocurre cada noche lectiva o víspera de festivo, eran las 12 y el Rastro del placer no había cerrado sus puertas. Tampoco las había abierto, llevaba muchas horas despierto, en pie, pateado y concurrido como una de esas buenas frases cuyo significado acaba degradado por el uso. Meretrices de diversas nacionalidades, productos humanos de compra y venta para todos los gustos y de distintos colores se erigen o pasean como esculturas praxitelianas. Señoras a la espera de unos maridos, ávidos del paroxismo más inverosímil, a quienes cubrir con el ungüento que cura las magulladuras de la tempestad, o de la calma.
Son esos mismos hombres que desde hace siglos detentan en occidente el cetro de la patria. Eso que los estudios culturales denominan patriarcado y que se ha dedicado a alienar, cosificar y subyugar a las mujeres que pretendían situarse a una altura equitativa respecto a la de sus hermanos o sus maridos. Toda una sociedad que gira en torno al hombre y que ha ido evolucionando teniendo como eje siempre el mismo elemento: la figura del varón como ente dominador cuya mano sustenta el equilibrio de un mundo de cualquier otro modo inconcebible. Las casitas de muñecas, la moda, los cosméticos y la prostitución, en principio patrimonio de las damiselas del s.XX, pero que pronto han ido adaptando su uso a los requerimientos de una sociedad masculina que sólo sabe dejar de dominar para convertirse en dominada, contribuyen de algún modo a perpetuar la estirpe de lo masculino afincada subliminalmente en las almas de los hombres y mujeres contemporáneos.
Ejercer ese legítimo derecho de los individuos a mirar para otro lado y sacar a estas mujeres de Montera, a petición de los vecinos de la zona y de los dueños de los establecimientos más moralistas de los alrededores, no hará desaparecer la prostitución, pero tampoco lograremos avanzar en el arduo camino de la igualdad entre machitos, sex bombs, féminas y personas si consideramos que éstas (mujeres en el 90% de los casos) pueden convertirse en cualquier momento en mercancía evaluable que se compra con dinero, presentes o palabras.
¿Sancionar a los clientes y proxenetas y con ello a los que mantienen este sistema a mi juicio tan poco deseable? Puede ser una opción, aunque tampoco me convence. Desde luego, que a quien no pienso multar, cuando consiga asir bien las riendas del poder universal, es a estas siervas, más o menos voluntarias, del placer que, casi siempre, terminan pagando el pato. ¿Qué hacer? Este es el mundo que hemos creado…