Este curso ha comenzado a instalarse con fuerza Bolonia en nuestras aulas universitarias, aunque el proceso se iniciase el pasado año y todavía queden muchas facultades pendientes de dar el salto. Con el nuevo plan, España trata de acogerse a un proyecto educativo que globalice la enseñanza a nivel europeo. Se trata de conseguir la equiparación de los títulos universitarios. Que sean homologables a los de cualquier país del continente.
Pero no acaba ahí la cosa. En el fondo Bolonia encierra más que cualquier otro modelo de estudios la filosofía del capitalismo. Las nociones prácticas sustituyen un alto grado de contenidos teóricos que ahora deberán prepararse por su cuenta unos alumnos acabados de salir del instituto. No es poca cosa, si pensamos cómo anda el nivel. Se pretende que el estudiante hable, que opine y no deje de hacer, en pos de la mayor operatividad de los futuros trabajadores. Pero ¿a costa de qué? Parece una solución muy democrática la de dotar de un papel más participativo al estudiante, convertirlo en protagonista indiscutible de las sesiones y no limitar su tarea a la tradicional toma de apuntes que recuerda demasiado a la de los copistas esclavos.
Ahora Bien, ¿qué sucede si no hemos conseguido instruir previamente a esas voces ya activas para que puedan tener un criterio y algo que decir? ¿es que en un sistema en el que se nos obliga a comunicarnos pese a quien pese y pase lo que pase ya no tiene importancia el contenido de nuestros mensajes? Parece que una sociedad democrática habría de cimentarse en unos conocimientos sólidos que fomenten el espíritu crítico de los ciudadanos y eso es precisamente lo que parece entrar en crisis con la salida del plan tradicional.
Con sus pros y contras, la filosofía anterior infundía a la universidad un carácter reflexivo. En ella los profesores trasladaban el legado de conocimiento a sus pupilos y con ello se aseguraba el sistema la pervivencia de un núcleo capaz de mantener la vanguardia social, el progreso. Ahora parece que ya no interesa, las clases magistrales se reducen a la mitad de las sesiones y todavía queda pendiente la reforma que consiga reducir aún más estos horarios. Bolonia es dejarse guiar por lo que le conviene en la actualidad a un sistema sabedor de que el engranaje de sus piezas forja personas alienadas que dicen sí con tal de conseguir la felicidad que él promete. Una vez desaparecido ese espacio para el conocimiento y la reflexión, los temas que trate la Universidad serán de segunda división.
Consuma, exprésese, hable, haga cosas, aunque no tenga nada interesante que decir… será en vano. El verdadero debate estará fuera del alcance de los que se adentran en Bolonia y, por tanto, cada vez más en las alturas, con los “poderosos”. Sí. Parece que el capitalismo también ha llegado, por fin, a los centros del saber dispuesto a hacer trizas aquello que le quedaba a Pandora.
